• Loreto B. Gala

Laternelaufen: la Fiesta de los Farolillos.



La vez que verdaderamente me di cuenta que estaba en un país escandinavo fue la primera vez que vi la fiesta de los farolillos, un sábado de noviembre, hace catorce años. Mi corazón saltó de emoción al ver una larga fila encendida por lámparas hechas de papel llevadas por niños y padres, acompañados por una música tranquila, como canciones de cuna, que cantaban a voces, con guitarras y suaves golpes de timbales.

Estábamos en el coche y le pedí a mi marido que parara. Quería saber qué era esa magia en medio de la ciudad. Él no le dio mucha importancia, pero me contó que era una fiesta tradicional de niños donde se daba la bienvenida al invierno. Nuestro coche adelantó la fila y yo me quedé embobada como una niña mirando por el cristal hasta que no vi ninguna lucecita más. Esa escena me había robado el corazón. No solo por las luces tenues que llamaban la atención en medio de la oscuridad ni la melodía suave que la acompañaba, sino que la experiencia de vivirlo en comunidad. Que un grupo de cincuenta personas se transformaran en una sola luz, una sola voz para ir repartiendo magia por la calle en medio de una ciudad tan grande.

Fue la primera vez que de verdad me di cuenta que vivía en el extranjero.

Algo parecido ha de pasarle a los extranjeros cuando ven las procesiones de Semana Santa en España, que también me estremecen hasta las lágrimas.

Pero esto era diferente. Era la calma, el recogimiento, el frío, la oscuridad, las luces, los farolillos hechos a mano, de diferentes colores y tamaños. Eran las voces alegres y a la vez sosegadas, el conjunto de gente plácida que se unía en una festividad. Eso no lo había visto nunca antes, porque me parecía casi imposible que tanta gente pudiera mantener esa calma y ese apaciguamiento, habiendo tantos niños, cochecitos, bebés, padre, madres, todo al unísono y con tanto respeto.


La fiesta de los Farolillos (Laternelaufen) tiene su origen en la festividad de San Martín. Esto no ha que olvidarlo, puesto que el verdadero sentido de una tradición -la transmisión de un ritual de generación en generación- es recordar un acontecimiento o una persona. En este caso, la fiesta conmemora la noche fría en la que San Martín rompió con su espada la capa de soldado que llevaba puesta, para abrigar a un hombre pobre que se encontraba tiritando en medio del bosque. El hombre quiso dar su testimonio a los habitantes del pueblo quienes acudían a oírle con bondad, con sus farolas encendidas y aclamando la generosidad del soldado.

Cuenta la leyenda que San Martín recibió la visita de Dios el día siguiente para agradecer su gesto de generosidad. Fue así como, el entonces decidió dedicar su vida al servicio religioso.

Desde entonces, cada año se conmemora esta leyenda encendiendo faroles, cantando y representando el momento en que San Martín rompió en dos su capa de soldado con su espada, ya que no tenía otra cosa que ofrecerle al mendigo.

Hoy en día, en las zonas cristianas se sigue recordando la historia de San Martín. En las guarderías, por ejemplo, se representa con una obra de teatro cuyo tema central es cómo vivir la generosidad y la solidaridad con otros. En los lugares que no siguen la tradición cristiana, la fiesta de los farolillos se ha adoptado como un desfile de luces y canciones para dar la bienvenida al invierno.

Lo central en ambas tradiciones es que los niños son los protagonistas y ellos fabrican sus propios farolillos.


Cuando tuve a mi primera hija, venía el recuerdo de la fiesta de los farolillos y busqué dónde ir para participar. Pero no pude encontrarlo, porque estas celebraciones se suelen hacer en las escuelas o iglesias y no fue hasta unos años más tarde que lo hicimos por primera vez San Sebastián y luego en Barcelona, de la mano de un colegio de tradición alemana. Pero no pude vivir esa magia que vi la primera vez. Algo faltaba en esos grupos. Faltaba el componente silencioso, apacible. Estaba claro que no éramos alemanes los que íbamos con los farolillos y que la mayoría no entendía el trasfondo de la fiesta. Por lo que no volví a ir.

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Hace un par de años decidimos hacerlo en nuestro barrio, con unos amigos alemanes. Fuimos al bosque al lado de casa cuando ya estaba oscuro. En total solo éramos nueve niños y seis adultos. Me atreví a llevar una guitarra para acompañar nuestras voces. No había vergüenza ajena, sino más bien un deseo en conjunto de hacer algo bonito. Empezamos a cantar en plena calle, con nuestros farolillos hechos con envases de yogur, con las velas encendidas, velas de verdad, que iluminaban cada cuerpecito de cada niño. Casi al llegar al bosque, la magia ocurrió. La última casa de todas tenía las ventanas abiertas y tres niños nos vieron. Asomaron sus cabezas y pudimos ver sus caritas llenas de asombro, callados, sin decir nada, pero sus ojos no daban crédito a lo que veían y escuchaban y bajaron corriendo hasta el jardín de su casa para seguirnos con la mirada hasta que ya no nos vieron más. Tal como me ocurrió a mi la primera vez, pegada al cristal del coche porque no quería perderme aquel encantamiento.

Y entonces es cuando tu corazón vuelve a crecer. Porque hacer felices a otros llevando la magia desde el respeto, la tradición, la luz, la música… es cuando más te das cuenta que estamos llamados para vivir en comunidad, y en comunidad transmitir estos momentos de felicidad. Y que esa felicidad se transforme luego en recuerdos, que alimentan y enriquecen nuestras almas.

El austerismo del que hablo busca conectar este sentido de comunidad con lo que hacemos día a día, de tal manera que pasa a ser parte de nuestras vidas.




Es curioso que hace 14 años dibujé un cuadro de niños con farolillos. Estaba embarazada de Mar y en mi corazón imaginaba cuatro hijos en total. Haciendo fila con sus faroles encendidos en medio de un bosque de noche, acompañados de estrellas relucientemente blancas para indicarles el camino.

Ahora que veo este dibujo creo reconocer a mis cuatro hijos en él. Y la vida me sigue sorprendiendo...