• Loreto B. Gala

Las cuatro cosas de mi armario (I)

Decidí pasarme al minimalismo el día en que empecé a embalar las cosas de casa.

Si nos comparábamos con otras familias, nosotros teníamos poco. Pero a mi me seguía pareciendo un exceso.

Mi ropa, la de mis hijas, los juguetes y los libros de ellas pasaron por una “auto inspección” para poder decidir qué hacer con ellos.

Agrupé las cosas en “lo que me gusta” “lo que me queda bien” “lo que no uso” y “lo que tengo por si acaso”.

Los dos últimos grupos se guardaron en bolsas y los doné a la caridad. Me quedé solo con “lo que me gusta” y “lo que me queda bien”.

Cuando entramos a vivir a la nueva casa y me tocó reorganizar las cajas, volví a hacer la inspección. Quería reducir al máximo las pertenencias por dos motivos: porque no había espacio suficiente y porque quería paz en mi casa.


Lo del espacio suficiente fue también una estrategia planificada. De querer tener armarios empotrados por todos lados a no querer tener ninguno. Solo un almacén de un metro y medio cuadrado y lo demás nos lo organizaríamos sobre la marcha. Mi marido y yo, luego de vivir sin casa unos meses, entendimos a fondo el concepto “less is more”: cuanto menos espacio tenemos para guardar, menos “trastos” acumulamos. Y sobre todo: más espacio ganamos. Lo mismo hicimos con la nevera: cuanto más pequeña, menos llena y menos comida tiraremos a la basura. Siempre hemos sido de comprar diariamente la cena de ese día (costumbre adquirida en Alemania), así que no significaba ningún cambio para nosotros.


Pero volviendo a los armarios... cuando saqué las cajas con los dos grupos de pertenencias, tomé la decisión. Donaría “lo que me gusta” y me quedaría con “lo que me queda bien”.

No es fácil deshacerse de lo que a uno le gusta. Pero con los ojos medio cerrados y quitando toda emoción a las cosas, conseguí regalarlas. La mayoría donadas a mujeres con hijos en riesgo social. Otras, a las amigas. Me hacía bien pensar que otras personas (mujeres y niñas) seguirían disfrutando de mis "lo que me gusta”.

Me quedé con “lo que me queda bien”. Porque es lo que realmente uso, por ende, lo que necesito. Y lo que no falla. Además, coincide que es lo que me da paz visual. Son prendas con colores y materiales que me gusta verlos.


Los armarios abiertos en nuestra habitación y la de las niñas, nos obliga a tenerlo ordenado. Tener solo “lo que me queda bien” me fuerza a usarlo con inteligencia. Combinar las partes, darles diferentes usos.

Al final es quedarte con algunos básicos (camisetas, blusas y jerséis) y algunos más sofisticados.

Botas altas, botas bajas, bambas blancas... y zapatillas para estar por casa.

Todo esto ahora, en un solo lugar donde las cosas se pierden entre la madera cálida de un “espacioso” mueble.

He dejado de tener “cosas”. Ahora es mi ropa.

Desde este momento antes de hacer una compra, me pregunto: ¿Realmente lo necesito? ¿Cuánto me va a durar? Presto mucha atención a la calidad de los materiales y la permanencia en el tiempo.


Es así donde he encontrado otra fuente de paz en mi casa. El desorden me afecta el rendimiento. Me pone de mal humor. Incluso, me bloquea. Necesito aire para respirar y mucho espacio para que mis ideas vuelen con libertad. Cuánto menos tengo, más liviana camino.


Deshacerme de lo que no necesito me ha traído una paz que proviene de la austeridad. La que nos empuja a vivir más presentes y conscientes de lo que nos rodea.

La estrategia “minimalista” se ha alienado con mis necesidades y estado de vida.


Andrea Amoretti fue la primera que hizo despertar mi curiosidad frente al armario. Y luego, en mi búsqueda del cambio, encontré el libro “Good Bye Things”, de Fumio Sasaki. Solo leer las dos primeras páginas me hizo un click mental para entender la clave del "menos es más": la vida no está hecha para perder el tiempo en cosas materiales.







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