• Loreto B. Gala

La vida cuando no tienes luz.


“Yo prefiero vivir como en las cavernas, pero vivir en casa”.

Cuando mi hija Mar me dijo esto de camino al colegio, pensé que ya era hora de hacerles caso a ellas. Había empezado a bajar las notas y yo la notaba muy desconcentrada. La sensación de no tener casa propia le estaba confundiendo. Una cosa así temporal puede ser hasta divertida, pero llevábamos demasiado tiempo ya viviendo entre maletas.

Nosotros hubiéramos podido seguir así. Sin hijos hubiera sido todo mucho más fácil. Pero luego de cuatro meses “sin hogar”, fueron ellas, nuestras niñas, las que nos hicieron decidir.



No tenemos ni luz, ni gas, ni calefacción. No tenemos cocina y el horno no sirve sin electricidad. No tenemos lavadora ni lavavajillas. Tenemos dos lavabos hechos a medias: uno tiene el inodoro, el otro la ducha.

Tenemos un jardín que solo es tierra llena de basura que dejan los albañiles día a día. Y lo peor es que ha llovido lo que nunca llueve en Barcelona por estas fechas. La casa (de color blanco como la nieve) está envuelta en barro.

Y además, ha llegado un frío inusual.


Vivir en nuestra casa es una verdadera locura.


El día que lo decidí llovía a cántaros. “Cuando todas las puertas y ventanas se te cierran es porque no tienes que seguir ese camino”, me dijeron. “No esfuerces más las cosas”, me aconsejaban. Sin embargo, mi corazón de madre necesitaba darles un hogar a mis hijas. Y ellas me lo habían pedido: nuestra casa. Habitarla. Darnos a todos un espacio nuestro para poder hacer familia.


Escribí un plan de acción. Para cada “frente abierto” habría una solución temporal.

Para el frío, una estufa a leña. Para tener agua caliente, un termo eléctrico (conectado a un generador eléctrico durante el trabajo de obra en la semana) y racionalizaríamos las duchas: un día ellas, otro día nosotros, porque los cinco el mismo día no sería posible. Para la luz: dos linternas de camping que cargaríamos durante el día de obra gracias al generador. Y encenderíamos velas, algo a lo que ya estamos acostumbrados por una costumbre alemana.

Kala, nuestro perro, estaría en nuestra oficina durante el día y por las noches atada para que no se metiera en las partes peligrosas y barrosas del terreno sin hacer. Llenaríamos la casa de velas. Y comeríamos frío, al estilo alemán: pan con embutidos y quesos, fruta, verdura, frutos secos y todo alimento que se pudiera comer en una noche. Esto significaría ir a por la cena todas las tardes.

Para dormir, muchas mantas y el calor de las velas que se encenderían durante una hora antes de entrar en las habitaciones. Por las noches, unas velitas a pilas con una luz muy tenue iluminarían las escaleras para poder llegar al lavabo.


La lista me había parecido completa y sentí tenerlo controlado. El día en que entraron las maletas a nuestra casa que parecía en ruinas, sentí una felicidad inmensa. Nada me quitaba la sonrisa. Sabía que era la mejor decisión.


La temperatura dentro de la sala marcaba solo 14 grados. Abajo, en las habitaciones, probablemente dos grados menos.



Cuando llegamos aún estaban Juan, Pato y Robert trabajando. Me apuré para dejarlo todo preparado. Las velas en las encimeras de los pocos muebles que teníamos y dentro de las habitaciones. Las camas con muchas capas de mantas. Las linternas cargadas. La cena de esa noche comprada y la mesa puesta, viéndose lo más parecido a lo que solíamos hacer antes.

Los tres paletas se despidieron, cerraron la puerta y al cabo de dos segundos se apagó la luz del generador eléctrico. Nosotros ya estábamos esperando con las velas y linternas encendidas y nos pareció todo terriblemente oscuro. Intentamos cenar juntos en nuestra casa por primera vez.

Dentro hacia demasiado el frío. Las niñas se abrigaron con anoraks y medio a ciegas nos pusimos a buscar ropa de invierno entre las cajas repartidas por todas las habitaciones.


“Esto es una locura” me repetía mi marido. Yo insistía que era lo correcto para nuestra familia. “A pesar de la locura”.


Pude lavar los platos con el agua caliente que había quedado del termo mientras las niñas corrían de un lado al otro del salón. Gritaban de felicidad. Poco a poco iban entrando en calor.

Empezaron a idear un baile, como hacían antes cada noche el fin de semana. El escenario ya estaba escogido y las luces serian las linternas. Mi marido estaba ausente, preocupado porque no nos veía preparados para estar allí. Y yo me dejé llevar por sus caras llenas de alegría. Sentía que a partir de ese instante volveríamos a ser la familia de siempre.


Cuando llegó el momento de dormir es cuando empecé a despertar de mi fantasía. Las niñas tenían frío de verdad y yo no tenía nada más que les diera calor. Se pusieron los abrigos dentro de la cama y les froté las espaldas. Esperé hasta que se quedaran dormidas en su nueva casa. La primera noche...


Yo no pegué ojo. Dormí con un anorak para la nieve puesto y aún así tenía frío. No dejaba de pensar en las niñas y cada cierto tiempo me levantaba para ir a verlas. Estaban bien, incluso destapadas porque tenían calor.

Esa noche todos durmieron de un tirón. Ninguno se despertó salvo yo, que permanecí en alerta. Había un silencio y una paz en nuestra propia casa que nunca antes habíamos sentido.


Nos despertamos con una luz blanca y acogedora que entraba envolviendo las paredes de nuestras habitaciones. Aquí todo era distinto.


Era raro preparar un desayuno sin leche caliente, ni pan tostado, ni café ni té. Pero desayunamos fruta y pan fresco que había traído mi marido, con mermelada. Decidimos que esa noche las niñas dormirían con unos amigos, mientras nosotros tantearíamos si realmente seguir en casa era una posibilidad coherente.



La tercera noche ya todos en casa a La Luz de las velas, nos sentimos como si todo esto fuera parte de nuestras vidas. Como si no conociéramos otra manera de vivir.


Llegó la estufa a leña y con ello el calor en la sala. Lo hacía todo más fácil y más acogedor. Pero ese mismo día llegaron las lluvias más intensas. Esas que vienen una vez cada cuarenta años. Nuestro casa se rodeó de barro y en el último extremo del terreno en pendiente se formó una verdadera piscina de agua y barro. Seguía lloviendo a borbotones. Y los pronósticos daban más lluvias.


La compañía de luz a la que habíamos solicitado “luz de obra” hacía meses atrás seguía sin darnos electricidad. Hasta marzo, imposible. Según ellos, un “malentendido” en el momento de hacer la solicitud había dejado el proceso en un punto muerto. Nadie sabía nada ni nadie podía hacer nada. Solo que habría que esperar 3 meses más para que pudieran abrir la calle porque en invierno ya no se hacía. Mi desesperación me llevó a actuar a través de las redes sociales, presionando para que se nos diera un derecho tan básico que habíamos solicitado con tiempo. Pero siempre la misma respuesta: “deme su número de referencia y le contactaremos”. Una amiga mía leyó mi desesperación en las redes y consiguió una persona de contacto para agilizar el proceso, aunque a la fecha de hoy aún todo es incierto y seguimos esperando. Nuestra esperanza es tener luz para las Navidades.


Algo parecido con el gas. La misma amiga que nos había ayudado con la compañía de electricidad movió montañas para que se agilizara el proceso con la compañía de gas. Amigos que caen del cielo como los ángeles. Y benditas redes sociales. El gas se ha podido conectar, pero sin luz, no sirve de nada.


Me desespera sobretodo no poder adelantar con las cosa dentro de casa. Cuando volvemos de trabajar ya es casi de noche y con tan poca luz no podemos ni colgar un cuadro. Solo nos quedan los fines de semana para ir arreglado poco a poco nuestras cosas. Vamos inventando y creando espacios inteligentes, ya que estamos al límite de nuestro presupuesto y han habido cosas que tendremos que hacerlas con nuestras manos, como los armarios. Y la casa no es grande. Pero con creatividad, paciencia y voluntad, vamos habitando poco a poco nuestro hogar.

Hace unos días quise darme un baño caliente ya que había agua suficiente en el termo. Luego de tantas duchas cortas y a la rápida quise regalarme una bañera con un buen lavado de pelo. Al cabo de 5 minutos, con el champú en la cabeza, empezó a salir agua cada vez menos templada. Acabé duchándome con agua fría y salí disparada en búsqueda de la toalla. No tenía calefacción, ni luz para secarme el pelo. Pero incluso, en ese momento tan incómodo, no me desanimé. Me había excedido en el uso del agua caliente. Eso era todo.


Subí al salón a secarme en frente de la chimenea. Las niñas se me acurrucaron con una manta y empecé a leerles un libro. “Aquel niño austriaco”. Iba sobre la guerra mundial en Alemania y las tres primeras páginas eran muy tristes, entre otras cosas porque la madre moría en una explosión. No pude seguir leyendo porque me quebraba la voz y me ponía a llorar. Nos quedamos las tres abrazadas frente al fuego y ahí mi corazón no cabía ni en mi cuerpo ni en mi casa. Se había hinchado a más no poder. Ese momento de tanta cercanía y calor entre mis hijas había sido único y me pareció que la falta de luz y de gas era una bendición. Ninguna tenía frío. Ni a ninguna le hacía falta más luz que la que salía de la chimenea. Nos teníamos a nosotras.


Estas cosas pasan cuando estas al límite. Y también cuando dejas de tener lo básico. Estamos tan acostumbrados a tener luz, gas y agua de manera ilimitada que no se te ocurre pensar que en el fondo, somos unos privilegiados.


Vivir en estos extremos me está haciendo volver a las raíces. Me gusta lavar los platos y oír el ruido de la cerámica golpeando la pica del fregadero o mirar cómo sale la luna por la ventana. Leer cuentos a la luz del fuego, acurrucadas entre unas mantas. Usar el agua caliente con conciencia, porque no es infinita y en el fondo, solo nos estamos limpiando. Saber dormir sin calefacción y apreciar el aire frío y nuevo que se cuela por las mañanas. Comprar la comida justa para cada día. Tener la nevera con lo necesario. Disfrutar de la oscuridad porque nuestro mundo ha entrado en la noche. Despertarse con la luz tenue de la madrugada. Y observar estos dos acontecimientos tan naturales que hemos dejado de apreciar desde que existe la electricidad.


Con la nueva casa y la falta de espacio (o mejor dicho, armarios) decidimos donar casi toda la ropa que tenemos y quedarnos solo con lo básico. Un paso muy grande a la vida sostenible que necesitamos. Y qué bien nos hace tener menos.



Mi marido por las mañanas va a comprar el pan para el desayuno. Y trae leña. Cuando lo veo entrar por la puerta con una bolsa de papel llena de pan y croasanes en la mano y de leña en la otra, me transporta. Veo su esfuerzo y su amor a los detalles y esas bolsas son como un regalo cada mañana.


Desde hace tiempo que íbamos en búsqueda de una vida más consciente, más pausada. Y de sorpresa ha llegado en todas sus formas. Todo es mil veces más incómodo y estamos deseando tener suministros para bajarnos de esta nube surrealista. Incluso, hay veces que nos supera la desesperación. Pero estamos viviendo cada instante con más consciencia, dándole el valor a cada cosa y sacando un aprendizaje de todo esto Y eso es para nosotros calidad de vida.

“Hay quienes pagan por una experiencia así” me dijo entre risas una buena amiga. Lo entiendo. La conexión con el entorno y con nuestro interior está empezando a ser un lujo. Qué paradójico. Vivir sin estar “suministrados”.


Lo que más me incomoda es no poder hacer lavadoras. Pero para eso tengo grandes amigos que además viven cerca y que han hecho que nuestra experiencia sea más llevadera. Y mi vecina. Que tan cariñosamente me manda un whatsapp pidiéndome la ropa para lavármela. Aunque vivimos sin luz, seguimos con el móvil. Pero claro, casi siempre se me olvida cargarlo. Y cuando se apaga...


Cuando se apaga, entonces sí que todo esto es un lujo.

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