• Loreto B. Gala

Volver a empezar

Admito que nunca me ha gustado celebrar mi cumpleaños. Es un día en el que suelo apagar el teléfono y pretendo que es un día normal. Esta “fobia” a los cumpleaños, se remonta a mi infancia. En mi casa solo se celebraban los santos. Con la llegada a Chile y las celebraciones multitudinarias de los cumpleaños en el colegio, no nos quedó otra que probar. Mi primer recuerdo de celebración de cumpleaños es con 12 años. Recuerdo no saber a quién invitar y recuerdo estar en el salón de la primera casa que tuvimos, toda insegura, conteniendo las ganas de llorar. Esto de ser tan protagonista un día entero lo llevo muy mal. Desde entonces, las llegadas del 20 de mayo, me horrorizan. Hoy cumplo 37. Miro hacia atrás, y el recuerdo de primer cumpleaños celebrado en aquella casa, con aquellas nuevas amigas, mis gafotas, mis dientes aparatosos y mi inseguridad... 

el cambio de país y una serie de acontecimientos que estaban pasando me habían llenado de inseguridades y tristezas. 

Qué poco queda de esa niña y cuánto ha crecido. Y qué lejos ha llegado. 

Nada que me extrañe.

Desde pequeña, he tenido una personalidad que me hacía distinta a las demás niñas pero que también me daba muchos problemas. Era un verdadero torbellino. Siempre creando, siempre inventando. Siempre perdiendo cosas. Siempre equivocándome. Siempre despistada. Siempre “metepatas”. Siempre descalza. Siempre llena de tanta energía. “Siempre con las patas pa’arriba”, solía oír de mis padres, abuelos y tíos... 

Desde pequeña ligada a la literatura, a la música, el canto y el teatro. Mis tardes llenas de bocetos: dibujos, cuentos, canciones a dos voces y hasta obras de teatros escritas en verso. Autodidacta. Canta autora, dramaturga. Inagotable. Mi cuarto siempre desordenado. Mi cabeza siempre en la luna. Mis zapatos... siempre en donde no debían estar y a años luz de encontrarlos.. Desde pequeña también ligada a la espiritualidad. La creación de un personaje místico, que me cuidaba, me quería, me ayudaba. Su nombre era Carlos. Y era mi Ángel de la guarda. Aún sigue siéndolo y me sigue cuidando. Desde pequeña, he tenido una fe ciega en Dios. Siempre nutriendo mi fe y mi espíritu, a través de la oración, de la música y el canto, del silencio, de la vibración espiritual de una comunidad cristiana. A través de la contemplación de la naturaleza. Desde siempre asombrada por un Corazón que me da golpecitos y me recuerda lo grande que es y lo pequeña que soy yo.   Desde niña, siempre ligada a las causas sociales. Sensible a los problemas ajenos. A las guerras (soy una niña de “los ochenta-noventa”)  a los niños, a los ancianos. Siempre intentando resolver lo irresoluble. Defensora del pueblo.

Encontrar la rosca del pendiente de mi abuela. Quitarle trabajo de casa a mi madre. Visitando abuelos en los geriátricos.  Intentando poner paz ante la separación inminente de mis padres...  Desde niña, maternal. Con mis peluches con quienes jugaba a ser la profesora. Y con el nacimiento de mis hermanos pequeños, siempre pendiente de ellos. Siempre llenándolos de besos. Siempre en mis brazos. No había noche que antes de acostarme no pasara por su cuarto para verlos dormir. Y soñando tener más hermanos. 

“La Hormiguita Atómica” me llamaba mi padre. Nací 7 mesina y quedé bajita, con una cadera desnivelada. Un metro cincuenta y ocho centímetros y medio. “Como mi abuela y la Queen Mother!”. Me dijo mi marido cuando nos conocimos la primera vez y que no salía de su asombro. Según él, su abuela (a quien quería mucho) le había dicho que ese era el tamaño perfecto de una mujer. Estaba claro que con una coincidencia así, yo estaba hecha para él. 

37 años. Tres hijas. Y una rodilla operada que aún no me deja ir a gachas y jugar con mis niñas. Las sienes llena de canas (aunque por suerte podemos teñirlas) .

Pero sigo siendo la misma. Sigo con la mente a mil por hora y perdiendo mis zapatos (y las llaves de casa). 

Mi marido me dice “deberías sentirte orgullosa. Con 37 años, tres hijas y mírate cómo estás.”  Lo estoy, porque me he conservado como soy. Porque me he mantenido lo más cercano a lo que yo quiero ser de mi misma. Y quiero seguir siendo la misma de siempre. 

Por eso, creo que hace bien mirar para atrás. Recordar cómo éramos de niños. Porque de niños sólo “éramos”. Lo que pasa es que muchos nos hemos ido adormeciendo, e incluso desconectando. Pero nunca es tarde para retomar.

Quiero retomar todas esas facetas que hay en mi. He tenido 36 años para aprender. Y aunque sigo creciendo, ahora quiero unificarlas.  Es cierto esto que dicen “nunca es tarde”. Precisamente, tenemos una vida entera para hacer aquello por lo cual hemos sido creados. Encontrar nuestros talentos. Nuestra “misión” en el mundo. Vivir aquél plan que de manera delicada, exquisitamente compleja y a ratos incomprensible, ha sido planificado para mi. Solo así encontraremos la felicidad. O mejor dicho, la plenitud. Viviendo plenos. Unificando lo que somos. Lo bueno y lo no tan bueno. Con deseo de cambiar para mejor. Con deseo de evolucionar, desarrollar todo lo que somos en una misma persona. Sin importar la talla o la altura. Mirando hacia atrás sin perder el norte. Dejándonos sorprender.  Vuelvo a escribir y a comunicar. A cantar acompañada de una guitarra que sé tocar solo de oído. A actuar, a estar frente de las cámaras. Retomo la espiritualidad, la maternidad, la psicología. El altruismo. La intimidad. Todo esto está en mi ahora, porque nunca ha dejado de ser. 

Retomo el surf, aunque no me lo permita la rodilla derecha. Buscaré la manera de volver a ser una saltimbanquis, como cuando era pequeña. Mi cuerpo me lo lleva pidiendo todos estos años. 

Nunca es tarde para volver a empezar. Fijaros que digo “volver a empezar”, y no intentarlo por primera vez. Porque estoy segura que alguna vez, ya fuimos o hicimos “aquello”. Lo llevamos dentro. 

No dejemos que los años nos adormezcan. Y si nos hemos quedado dormidos, no pasa nada. Lo importante es darnos cuenta. Despertar. Y volver a empezar.

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