• Loreto B. Gala

Lo que empieza mal solo puede acabar mejor.

Hacía tres años que no cogíamos vacaciones en la nieve. Las dos últimas veces acabaron en una gastroenteritis que nos obligó a todos volver al cabo de unas horas. Pero este año ya “tocaba” y mi padre venía desde Chile porque se moría de ganas de esquiar con sus nietas. Así que alquilamos un apartamento entre todos para la última semana de febrero. Coincidió que la semana anterior tuve que operarme el menisco de la pierna derecha urgentemente, a pesar de mis intentos por evitar la cirugía. La operación no estaba en nuestros planes, así que estas “vacaciones de esquí”, al menos para mí, pintaban un poco desastre. Y la reserva del apartamento ya no se podía cancelar.


Salimos el viernes a las 4 de la tarde de Barcelona. A las 9 de la noche figurábamos atascados en la entrada de Andorra. Llevábamos cinco horas con las niñas -y Kala- encerradas en el coche, con hambre, cansadas y todos deseando llegar al precioso apartamento que habiamos alquilado. En un momento de desesperación, la pequeña empezó a llorar desconsoladamente y su llanto acabó en vómito. La mediana sin explicación alguna pasaba del llanto a la risa y de la risa al llanto y la mayor, que ya no sabía mantenerse sentada, con un ataque de risa nerviosa que solo aumentaba los decibeles de las otras dos. Mi marido con fiebre y yo inmovilizada por la rodilla. Y el coche seguía sin moverse. Dentro, el gallinero montado sólo me hacia pensar que son precisamente estos momentos en los que más me encariño con mis hijas y con mi marido, porque pienso “esto sí que es una verdadera familia”.


Una vez pasada la crisis (que duró casi media hora), llegamos ansiosos al famoso apartamento. En las fotos se veía un piso precioso de madera, de grandes ventanas y fantásticas vistas, con una chimenea de piedra, una acogedora salita de estar y baños grandes. Por algo nos estaban cobrando lo que nos cobraban! Cuando llegamos al edificio nos encontramos con un gran problema: el apartotel no tenía ascensor y a nosotros nos daban el tercer piso. Yo, sin poder subir escaleras como Dios manda, pensando que al menos una vez dentro del piso estaría muy a gusto. Pero la cosa iba a peor: una vez subidas las escaleras, nos encontramos con un dúplex de color gris con sofás de terciopelo rojo y suelo de mármol blanco, que más parecía la decoración de un burdel que de un refugio de nieve. El apartamento era demasiado pequeño para todos los que estábamos. Nada de chimenea, ni salita acogedora, ni ventanas grandes… ni si quiera un descorchador en la cocina. Ninguno se atrevía a decir que nada tenía que ver este piso con el de las fotos, pero todos teníamos caras de sentirnos estafados. Además, al ser un dúplex, yo tenía que subir y bajar más escaleras. Y por si fuera poco, me llega un whatsapp de mi madre anunciando una ola de frío siberiano para el martes. Y nosotros, ¿qué haríamos encerrados en la “cutrez” de apartamento que habíamos alquilado?

Mi padre y su mujer abrieron una botella de vino blanco y brindamos. “porque estamos todos juntos”. Y porque todo esto sólo puede ir a mejor…

Decidimos invocar al optimismo.


El primer día de vacaciones no hubo esquí. Lutz se encontraba francamente mal y estaba a punto de caer enfermo. Yo, recién operada del menisco con poca capacidad de movimiento. Ese día lo dejamos para conocer el lugar e intentar recuperarnos. Mi hija mayor, Mar, estaba enfadada porque lo único que quería era esquiar. Si hay algo que no soporto es que nuestras hijas sean quejicas. “Hay que aprender a estar contento con lo que se tiene”, empecé a decirle. Al fin y al cabo, estábamos en familia, en la nieve, en las montañas… solo por eso podíamos estar felices. Mi hija hacía un esfuerzo por ver lo bueno, pero su desilusión era muy grande: ella solo quería esquiar. Y era verdad que las cosas hasta ese momento no eran las ideales. A parte, yo me había olvidado los zapatos para la nieve y me estaba congelando de frío, pero volver al apartamento no era la opción más cómoda. Así que decidimos entrar en el restaurante del centro de esquí, mientras yo le decía a mi hija “Hay que dejarse sorprender”... Porque por muy incómoda que era la situación para todos, nos podría sorprender alguna cosa buena…


La primera sorpresa fue ver que ese lugar era tan bonito y acogedor como hubiésemos deseado. La segunda, fue conicidir en una mesa con unos amigos nuestros que estaban de casualidad y a quienes tenemos muchísimo aprecio. Y de aquí solo cosas buenas: el lugar, el restaurante, la atención, la comida, la compañía, las niñas riendo y jugando, los trineos, las carcajadas y la energía positiva que se respiraba hicieron que esa tarde fuera una de esas inolvidables. Los “esquiadores” no bajaron pistas ese día. Pero era necesario que ocurriera todo esto para acabar riéndonos con ganas, al vernos disfrutar como niños en la nieve, o ver a Kala persiguiendo al trineo y a las niñas, o ver a las más pequeñas arreglárselas para subir y bajar sin la ayuda de nadie.

En ese momento, yo ya había dejado de sentir frío y mi marido de tener fiebre. Como si una ola de calor interno nos hubiera curado de todos los males.


Las cosas pequeñas, las que están a nuestro alcance: esas son las que nos dan momentos felices. Disfrutar de los amigos, de la naturaleza. Ingeniárnoslas con lo que tenemos y somos para hacer una tarde divertida. Agradecer el momento y dejarnos sorprender por lo que la vida nos pone en el camino. Esto es lo que realmente alimenta el alma. Estos son los recuerdos que permanecen, porque no están ligados a lo material, sino que a las emociones, a los sentimientos.


Al final, el dúplex nos dejó de parecer tan horroroso. En realidad lo que necesitábamos no era más que una mesa para comer y unas camas para dormir. El sofá de terciopelo rojo con con respaldos en forma de corazón dejaron de ser un estorbo para encontrar la calidez y el acogimiento en cada desayuno y en cada cena, en la conversación, los juegos en familia, los karaokes, las anécdotas que nos contamos, en volver a recodar lo bueno de ese día, en las risas y más risas. El mejor escudo del optimismo es sonreírle a la vida.


No estoy descansando la pierna como debería, pero tengo un momento de paz cuando la pequeña duerme en el sofá de la salita en el restaurante donde pasamos todo el día. Mientras los demás esquían y yo trabajo, la contemplo arropada por un sol que se cuela entre las montañas y que está lleno de energía. La misma energía que necesito para venirme arriba. La que me llena de optimismo. La que me recuerda que con solo un rayo de sol podemos ser tan felices.


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