Loreto B. Gala
Amar no es malcriar.
‘No la cojas tanto en brazos que la vas a acostumbrar’. No sé de quién oí esta frase la primera vez, pero de oírla, la he escuchado muchas veces.
A mis hijas -bebés y no tan bebés- las he cogido mucho en brazos. Pero que mucho, mucho -será por eso mi dolor de rodillas-.
Y sino han estado en mis brazos porque los he necesitado para otras cosas, las he tenido colgadas, atadas con un fular. De tal manera que las he cargado al menos durante el primer año, hasta que ellas solitas se han negado a ser cargadas. Es decir, que no se acostumbraron tanto a los brazos, como daban las predicciones...

Me es innato cargar a un bebé recién nacido en vez de llevarlo en su capazo por la calle. Me es innato hacerlo dormir en mis brazos en lugar de dejarlo en su cuna, como me es innato llenarlo de besos y caricias.
El amor nunca será excesivo. Las muestras de amor nunca serán excesivas.
Mis hijas y los besos antes de dormir, por ejemplo... es como chocolate para el cuerpo. Nos nutrimos de cariño. Los besos no se gastan, son gratis, no hacen daño (bueno, quizás vienen cargaditos de babas y mocos que acaban convirtiéndose en un resfriado)
Amar con locura, no es malcriar.
Dicen que sale más a cuentas amar más a nuestros hijos que reparar adultos rotos. Es cierto. Los grandes problemas de la sociedad vienen por una comunidad privada de amor que busca llenar sus vidas a toda costa, en recursos equivocados.
Un niño que ha sido amado con locura será un adulto emocionalmente fuerte y seguro.
Amar no significa malcriar. Amar significa entregar, renunciar, recibir y perdonar. Entregar amor no es darle a nuestros hijos lo que nos pidan. Es más, cuánto más momentos juntos en familia, cuánto más amor nos enseñemos, demos y recibamos... menos necesitarán las cosas materiales. Menos nos pedirán.
Cuánto más presencia de los padres, cuanta más confianza y cercanía, menos necesidad de buscarla en otros lados.
Se lo debemos dar todo. El amor, todo.
Es cuando voy a casa de otros padres de la edad de nuestras hijas que me doy cuenta que tenemos pocos juguetes. Y es verdad, en casa juguetes pocos, pero juegan mucho. Juegan con nosotros. Están sobretodo con nosotros. Y nosotros siempre presentes. A veces creemos que somos los únicos padres que tienen a sus hijas en medio de ellos todo el tiempo. Mis suegros se horrorizan "cuando tenéis tiempo para vosotros?" Es cierto, tiempo para nosotros, poco. Pero desde que hemos decidido ser padres lo hemos visto de forma natural: Los niños siempre con nosotros. Luego querrán hacer sus vidas propias y no habrá marcha atrás. Nos toca la "crianza" y esta etapa no es fácil, no es rápida, ni es cómoda. Pero es lo que nos toca, lo hemos elegido y la queremos vivir así. Amando así a nuestras hijas hemos crecido como personas, se nos ha ensanchado el corazón y nos amamos más como pareja. Hemos ido madurando como padres, como personas y en nuestros valores. Nos hemos vuelto más humildes porque hemos tenido que renunciar y entregar mucho. Pero también hemos recibido mucho, y más que recibiremos...
Y sobretodo, hemos comprobado cómo el amor es lo que más nos hace felices.
Tiempo para nosotros hemos tenido poco. Aunque es ahora que nos animamos a salir juntos a cenar por las noches, solos, por fin. (Sí, os prometo que este momento que muchas veces parece lejano, llega). Y cuánto lo disfrutamos ...
Nuestras niñas saben que si les pasa algo, nos tienen. Por eso, las puertas de las habitaciones por la noche están siempre abiertas y nuestra cama es suficientemente ancha. Ocurre con frecuencia: una pesadilla, un vaso de agua, hacer un pipí, "mi cama está fría" o simplemente quieren mimitos... Ellas siempre pueden venir. Es verdad, a veces nos despertamos los cinco ensardinados, nosotros con tortícolis y los dos con grandes ojeras. Pero levantarte con todas esas cabecitas respirando cerca tuyo, merece la pena.

Estamos siempre cerca, lo que no significa que estemos encima. Les dejamos ser, decidir, actuar, pensar. Les preguntamos mucho, incluso para comer, qué les apetece. En casa las decisiones se toman entre todos. Y cuando los padres tenemos que decidir algo, ellas lo aceptan, porque no se les ha negado nunca la palabra.
Hace dos años, cuando estaba embarazada de Ada, mi marido cogió una conjuntivitis viral que nos duró 8 semanas. Caímos todos en casa, uno a uno, como fichas de dominó. Fue desesperante porque el virus parecía que no tenía fin. El médico de urgencias de la Barraquer nos decía "cómo se nota que sois muy unidos" estallábamos de la risa y a todos se nos venía la típica imagen nuestra, apretujados en una cama llena de risas. Y es que nos visitamos la familia entera, durante unas semanas, los cuatro con ojos de sapo. (Qué gracia me da ahora y qué mal lo pasamos)
Pero eso es el sentido. Familia que se enferma unida, come unida, duerme unida, juega unida, ríe unida... permanece unida.
Amar no es malcriar. Esta frase no es mía, es de Irene de @latribudemami
Me enamoré de estas palabras y por supuesto que fui a por la sudadera. Las niñas se ríen cuando me la ven puesta porque cuando me enfado me lo sacan en cara "mamá.... que pone en tu sudadera?" Nos acabamos riendo y yo explicando otra vez, que una tiene sus límites y ellas deben entenderlo. Y lo entienden. Amar es renunciar, entregar, recibir y perdonar. Todo eso ocurre cuando nos amamos.

Escribo estas líneas con Ada colgada en la mochila, pegada a mi. Con su cabeza a la altura de mis labios, para poder besarla. Ella duerme, pero estoy segura que mis besos tan despiertos, los siente y los recibe. No estamos muy cómodas, pero estamos muy juntas.
Amar no es malcriar.
