• Loreto B. Gala

Los secretos de una Navidad.



La magia nunca se acaba...

El haberme puesto a pensar de dónde surgió mi idea del "austerismo", poniendo de lado lo material y en el centro las emociones y experiencias, me ha hecho pensar que todo se remonta a las Navidades de mi infancia y cómo lo vivíamos. En aquella época, cuando los Reyes Magos venían a casa cada 6 de Enero, éramos cuatro hermanos. Una familia numerosa que contaba con un solo sueldo, como muchas otras familias, hace treinta años en España.

La carta a los Reyes la hacíamos durante las vacaciones de invierno. Mi madre nos hacía escribir qué habíamos hecho bien durante el año, lo que no habíamos hecho tan bien y al final de todo poner nuestra lista de regalos. Me costaba un poco escribir lo que no había hecho tan bien, por miedo a que los Reyes me trajeran menos juguetes, pero intentaba ser honesta... sus Majestades lo sabían "todo" igualmente y no servía de nada esconder mis pequeñeces.


La lista de regalos era larga. Habían muchas cosas que desear. Los anuncios de juguetes eran una tentación constante y no había un día que no deseara algo que saliera por la tele. Era como una caja de caramelos, todos igual de ricos y el bombardeo de anuncios sólo conseguía confundirnos.

Y cada año, pasaba lo mismo. Por mucho que yo escribiera toda una lista infinita, por mucho que yo pusiera todo lo bueno que había hecho y por mucho acto de contrición que yo hiciera por las cosas que no hice bien, los regalos tan deseados no llegaban nunca.


Pero la magia ocurría siempre. SIEMPRE.


La magia empezaba el 1 de diciembre, con el calendario de adviento. Lo elegíamos entre los tres hermanos mayores y cada mañana nos íbamos turnando para abrir una ventanita por la que se asomaría una pieza navideña, pintada y pensada solo para nosotros. No había chocolatinas, sólo ese dibujo que nos traía mucha ilusión, porque nos recordaba que faltaba un día menos para Noche Buena y nos acompañaba cada día antes de desayunar. La imagen de un pastorcito, un tambor, unas castañuelas... la ternura de las acuarelas, hacía que las mañanas en invierno, antes de ir al colegio, fueran más llevaderas.

La ventana del día 24 era la más grande y la abríamos entre dos. Como con todo lo demás, en casa había que compartir o hacer turnos.


La magia estaba en el aire. Se podía coger con las manos. Se podía respirar.

El viaje en autobús con la Abuela para ver las luces de El Corte Inglés de Plaza Cataluña, los árboles gigantes iluminados, los escaparates llenos de Belenes, Reyes Magos, Pesebres... los villancicos españoles que se oían por todos lados... El ruido de las panderetas y zambombas y de los niños cantando alegremente.

La parada de churros con chocolate antes de volver a casa.


El frío.


La magia no se quedaba solamente en la lista de regalos. A pesar de los nervios, de querer hacer la mejor letra, los mejores dibujos para los Reyes. Los regalos que nos dejaban no eran los que habíamos pedido. Pero cada mañana del seis de enero nos levantábamos con las mismas ansias, abríamos los paquetes con la misma ilusión y nos emocionábamos con la misma alegría. Porque acababa de ocurrir lo más mágico del mundo. Los Reyes habían pasado por casa, se habían comido el turrón, habían bebido del vino y habían dejado los regalos al lado de cada par de zapatos de colegio, debidamente limpios. 

Todo había ocurrido como era esperado.

Al final, cada regalo que dejaban era especial. Porque los Reyes habían pensando en mí, lo habían elegido para mí. Solo por eso, ya lo hacía especial. Mucho más especial de lo que me imaginaba y en realidad, eran mucho mejores que los que yo había pedido.




Nosotros recibíamos un regalo pequeño para cada uno y un regalo más grande para todos. En total habían cinco paquetes debajo del Árbol. Cuando ya sabíamos leer bien, el regalo individual era un libro. Y ese libro era un tesoro. Porque en la primera página había una dedicatoria escrita. Los Reyes me escribían a mí. Sólo ellos, mi madre y mi abuelo me llamaban "Lorela". Era mi nombre secreto. 

"A nuestra querida Lorela...", rezaban sus palabras.

¡Cómo eran de mágicos los Reyes, que hasta eso conocían!


Los libros quedaban guardados y con ellos, seguía la magia. Eran eternos recuerdos de Navidad.


Ahora que soy madre, vuelvo a hacer lo mismo. El verdadero sentido de la Navidad no está en los regalos. Está en el poder que tenemos de hacerles creer en esa magia. Está en la ilusión. Ser capaces de emocionarlos con una con una dedicatoria, con la presencia imaginaria de unos Reyes o un Papá Noel. La Navidad se vive día a día durante este tiempo y la magia la creamos nosotros.


La magia está también en las tradiciones. Desde que hemos formado una familia, es tradición hacer La Corona de Adviento nosotros mismos. Es lo que nos anuncia cuántos domingos quedan para la Noche Buena. La costumbre la adquirí viviendo en Hamburgo. La tradición luterana es reflexiva, silenciosa y el Adviento se vive sobre todo con recogimiento. Las velas, las canciones de Navidad que parecen nanas de cuna, la falta de luz y el frío hace que uno se recoja más y nos invite a la la reflexión. Hay mucho para agradecer durante el año y mucho por venir. El Adviento es la preparación del nacimiento del Niño Dios, quien más tarde moriría por nosotros. Eso aprendí también en mis años en Alemania, y que ahora me hace tanto sentido. La Navidad también se puede vivir en silencio, lejos de las panderetas y zambombas, cabalgatas y turrones. Porque la Navidad está dentro de cada espíritu.


Otra tradición adquirida en Alemania es el Abeto natural. Desde entonces, nada de árboles de plástico. Los adornos son también naturales: de madera o paja y en  Noche Buena se encienden velas de verdad. Desde ese día y hasta después de Reyes, cada noche, nuestro árbol brilla con otra luz y calienta ese rincón de la sala, anunciando que el Nacimiento ya ha ocurrido.



Las tradiciones en familia son poderosas fuentes de magia. No están centradas en los regalos, sino que en las emociones, en los gestos, en los recuerdos, en la compañía, los ritos, las gracias, los abrazos...


Llegará un momento en el que dejaremos de creer en los Reyes Magos o Papá Noel, dejaremos de poner nuestros zapatos debajo del árbol, dejaremos de escribir listas de deseos... pero seguiremos encendiendo luces, dando besos, alimentando nuestro paladar y nuestros corazones, apreciando el calor y la familia.


No deberían haber niños frustrados porque no recibieron lo que habían escrito en la lista de regalos. Si eso ocurre, es porque no hemos podido transmitirles la magia de la que hablo. Ese "espíritu navideño"que a Scrooge tanto le costaba entender.

Como el mismo Charles Dickens escribió ya en 1843:


“For it is good to be children sometimes, and never better than at Christmas, when its mighty Founder was a child Himself.”*  


*"Porque es bueno ser niños a veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando su poderoso fundador fue un Niño."


Por eso os invito a vivir la magia de la Navidad desde los ojos de un niño. Ellos tienen la capacidad de asombro y de sorprenderse hasta con el detalle más pequeño. Son esos detalles los que debemos hacer perdurar en el tiempo. Los regalos también deberían durar, para convertirse luego en recuerdos. Pensar qué juguete, libro o obsequio puede hacer alargar la Navidad en sus corazones. Muchas veces, con solo uno, basta. 



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