• Loreto B. Gala

El consumo que nos cuida.



Es difícil hablar de cambio climático con las personas que lo niegan. Me resulta tan complejo como hablar de Dios con las personas que no creen. Me miran con la misma cara de incredulidad y hasta a veces se les dibuja una sonrisita socarrona, como si se tratara de un niño contando un cuento de fantasía.

Es difícil evidenciar la existencia de algo que no estamos viendo, sintiendo, tocando o materializando día a día. De la misma manera que es fácil girar la cabeza o hundirla, taparse las orejas o los ojos, porque no queremos que nos hablen de algo que quizás, si lo llego a conocer, puede generar un cambio de vida que no me gusta. Quizás me obliga a tener más responsabilidades de las que ya tengo, tal vez me obliga a esforzarme, a renunciar, a reflexionar más de lo que ya hago. Me puede sacar de mi zona de confort.


Muchas veces, cuando negamos la existencia de algo es porque no queremos enfrentarnos a ello. Esto ocurre con el cambio climático también.

Me sabe mal cada vez que intento hablar sobre esto y vuelvo a ver esa media sonrisa inconscientemente dibujada. Entonces es cuando me doy cuenta que he de callar y simplemente seguir con mi ejemplo. O escribir. Escribiendo al menos evito ver las caras de incredulidad y quizás muchos me lean y hasta más de uno conseguiré abrirle los ojos y el corazón.

Dar el paso para una vida más sostenible no es fácil. De hecho, lo más difícil es dar el primer paso. Pero lo bueno, es que cuando lo has dado, el camino a seguir se vuelve más sencillo de lo que creías y transforma tu vida.


Llevo tiempo defendiendo la idea del “austerismo” como una filosofía de vida que nos lleva a ser más felices. Se trata de poner el desprendimiento y el agradecimiento en el centro. Se trata de consumir aquello que es necesario y por lo tanto, de conocer verdaderamente mis necesidades. Se trata de vivir consciente, porque que cada acto, cada decisión que yo tomo, repercute en un todo, que somos nosotros mismos y nuestro mundo. Estamos conectados por una cuerda invisible que nos hace ser miembros de una misma manada o raza. La raza humana.

La humanidad vive en un mismo lugar: el planeta tierra. Y aunque no nos veamos, no nos conozcamos y probablemente nunca nos conoceremos, estamos conectados. Vivimos en la misma casa y no tenemos la posibilidad de mudarnos a otro planeta.


Tenemos un planeta generoso. El más generoso que existe en todo el universo. El único planeta de toda la galaxia que puede hacernos feliz. Y sin embargo, no lo estamos cuidando como deberíamos.


La naturaleza, afortunadamente, es asombrosamente agradecida. Cualquier acto positivo hacia ella, lo devuelve con creces. De esto tampoco se habla mucho, pero es cierto, y por esa misma razón, no está todo perdido. Podemos revertir el daño causado por nosotros y por los que vivieron antes que nosotros.


Y lo más emocionante de todo esto es que dando este paso, somos más felices.


El austerismo como modo de vida.

"La austeridad es una de las grandes virtudes de un pueblo inteligente".

Solón (638-559 a. de C.)



Lo opuesto a la austeridad es el despilfarro. Por eso, la austeridad es una virtud.

La austeridad es la virtud que “nos independiza de las cosas, que nos lleva a conformarnos con poco, que nos reduce las ansias de poseer cosas y nos limita a lo esencial”. La austeridad nace en el espíritu de la persona. La persona austera tiene pocas necesidades y por lo tanto pocas cosas lo desestabilizan. El austero no se altera por la abundancia o ante la carencia. Sabe tomar distancia y desapego sobre las cosas, el centro está en las experiencias que llenan el espíritu, el alma. No lo material.


Es una virtud a través de la cual hemos aprendido a gestionar los recursos que ya tenemos con sentido común, sentido social y previsión. Empezamos a darle el valor que corresponde a las cosas, un cuidado responsable en orden al bien común, porque la adquisición o el consumo, las decisiones o los actos que hacemos van más allá de la satisfacción inmediata. Tiene un sentido y una permanencia. Una intención. Una reflexión previa.

Y su inmediata consecuencia es experimentar paz.


Tener tantas cosas, consumir tanto e incluso ese deseo incontenible de consumir, nos distrae, nos aleja espiritualmente del mundo, nos desconecta de nuestra naturaleza. Muchas veces tenemos por la necesidad de rellenar vacíos que aún siquiera sabemos que tenemos. Por eso, el austerismo exige autoconocimiento: saber encontrar el equilibrio entre lo que tenemos y lo que necesitamos. No es un conformismo como si se tratara de una privación de las cosas por no poder tener más, sino que un convencimiento de que mi felicidad no reside en tener más cosas.

Por eso, antes de adquirir o comprar algo es necesario contestar a dos preguntas, y en este orden:

¿Lo necesito realmente?

¿Para qué?


La primera pregunta se dirige al bien individual. La segunda, al bien común. Por lo tanto, la acción de adquirir o comprar es reflexiva, en orden al bien individual y al bien común. La decisión correcta es cuando se consigue alcanzar los dos bienes. Entonces, experimentamos una sensación de alivio, como si nos hubiéramos deshecho de una carga. Nos sentimos livianos y encontramos la paz que nos lleva a la felicidad.


Es lo que yo llamo el consumo reflexivo.


El "austerismo" como el mejor camino hacia la sostenibilidad:


El único problema real que genera el cambio climático es el consumo, o más bien, el consumismo. El consumo no está solo relacionado con adquirir algo material, sino que en la manera en cómo actuamos, lo que comemos y cómo vivimos. Por lo tanto, no se trata solo de dejar de comprar, que ya es un gran paso, sino que dejar de consumir. Consumir con intención, conociendo mi propio comportamiento frente al consumo.


Es un desastre medioambiental la cantidad de basura que generamos. Obviamente, cuanto más consumo, más basura producimos. Por eso, al consumir menos, reducimos la basura que generamos.

Pero además, está el consumo de nuestros propios recursos, que aunque son cotidianos - o precisamente, porque son cotidianos- hemos dejado de darles el valor que verdaderamente tienen. Aquí estoy hablando de la luz, el agua, el gas... Son recursos naturales que el hombre ha sabido comercializar (y están ahora dentro de los grupos de consumo) que los percibimos como "gratuitos" , a pesar que pagamos por ello. Es un lujo poder estar conectado todo el día a una red que nos proporciona agua y luz de manera infinita. No somos conscientes de ello.

Ni tampoco somos conscientes que la cantidad de consumo de agua y luz (y gas) que generamos en nuestras casas son otra causa principal del problema climático. Pero la solución es muy sencilla: ser comedidos. Austeros. No necesitamos duchas de 15 min. Ni tampoco es necesario bañar a nuestros bebés todas las noches "para seguir una rutina" o "porque así se relaja". Tampoco necesitamos hacer lavadoras diarias, ni planchar hasta las servilletas. Es un consumo que satisface el bien individual, pero no el bien común, puesto que estamos agotando los recursos naturales, generando el efecto invernadero y consecuentemente en cambio climático. (leer más aquí) 


Lo más contradictorio de todo es que nos quejamos de que no llegamos a fin de mes, pero tampoco dejamos de consumir para poder llegar.

Lo queremos todo...


Es muy fácil dar directrices y no ponerse en marcha, pensaréis. Pero por eso, me gustaría contaros los cambios que he introducido en mi casa que generan menor consumo, y de esta manera animaros. No es fácil, pero os aseguro que una vez que empiezas, el camino se hace llano... por cada paso que das empiezas a sentir alivio...


Estos son los cambios que he ido haciendo, en orden cronológico:


- Empecé con las duchas/bañeras. No veía la necesidad de bañar a mis hijas todos los días. En Alemania, me enseñaron que el primer baño del bebé se hace a los 15 días, en agua templada y con una gotita de aceite. Me quedó claro que nuestra piel no se beneficia de tanta bañera, tanto producto, aguas duras llenas de cloro, etc. Como regla general, se ha de limpiar cuando se está sucio. No porque buscamos "relajar" a los niños o darles una rutina. En verano, la frecuencia aumenta lógicamente, puesto que sudan más y se ensucian más.

Esto significa reducción de gasto también, puesto que se gasta menos agua. Bajo este mismo concepto comencé con reducir las lavadoras en casa. Los uniformes de las niñas no se han de lavar cada semana (a no ser que estén evidentemente sucios), por ejemplo. Consigo hacer dos lavadoras a la semana y un par extras en caso de sabanas o toallas.


- El siguiente paso fue dejar de comprar productos ultra procesados. A parte de que son perjudícales para nuestra salud por todos los ingredientes añadidos y azúcares, (aquí tenéis la persona que me abrió los ojos) su producción requiere más agua, más energía y contamina el medio ambiente. Una vez que tienes el hábito el paladar sabe distinguir entre un jamón natural de uno ultra procesado (este último sabe a azúcar engomada) distingues entre un helado artesanal de otro ultra procesado. Ni siquiera sientes necesidad de comer esas galletas de chocolate que tanto te gustaban. Y como consecuencia indirecta y que a todos nos gusta: no comer ultra procesados nos ayuda a no engordar.

Esto me ha significado también un ahorre económico, porque el carro de la compra ha disminuido su volumen. Sólo compro lo que es beneficioso para nuestra salud, y también suele ser lo más barato. Frutas, verduras, ingredientes primarios para luego hacerlos en casa.


- Donar la ropa que no uso (la ropa de "por si acaso"), la que me gusta pero no uso y quedarme sólo con la ropa que me queda bien, que es la que realmente utilizo. Esto significó un antes y un después en mi vida. Tener el armario con "lo justo y necesario", hacer ese ejercicio mental y preguntarme con honestidad lo que realmente ha de quedarse en casa y lo que ha de irse, me ha hecho poner un filtro constante en cualquier cosa que entra o sale de casa. Lo mismo con los juguetes, los libros, los objetos del hogar... Todo tiene una intención, un orden, un lugar, una razón de ser o estar en mi casa. Con esto, se acaba la acumulación de objetos que tarde o temprano acabarán en la basura.





- Reducir al máximo el consumo de plástico. Llevamos años llevando nuestra propia bolsa de compra al supermercado y trayendo la fruta y la verdura sin envoltorios. Como dejé de comprar productos ultra procesados, el consumo de plástico se redujo significativamente. Nuestras hijas lo tienen muy asumido: en casa no entra nada que sea de plástico a no ser que sea necesario. Cuesta, por ejemplo, cuando estás en la calle y tus hijos están con mucha sed no comprarles una botella de agua. Pero ya hemos aprendido a llevar un botellín de agua desde casa. Así, con todo. Los envases de plástico se ven cada vez menos en casa. Y qué gusto da no llenar el cubo de la basura “ de plástico”.


- Mirar la composición de los materiales. Materiales naturales, que requieren poca agua en su producción y que a la vez contaminan lo menos posible las aguas de los ríos donde están ubicadas las fábricas. Materiales que vienen de la agricultura controlada, tanto en la ropa como en objetos, en los productos del hogar, de cuidado personal como en los alimentos. Cuanto menos plástico mejor. Cuanto más natural, menos dañino. Un juguete de madera se tarda menos en descomponer que un juguete de plástico. Un producto de cuidado personal natural es muchísimo menos dañino porque requiere mucha menos agua y sus componentes al ser naturales son biodegradables y su priducción es mens contaminante.







- Mirar el origen de fabricación de los productos. Muchas veces, lo "eco" o "bio" no es lo más sostenible. Un aceite de coco bio que viene de Indonesia provoca mucha mayor huella de carbono que el aceite de oliva que se produce en España. El aceite de coco es buenísimo, más aún si procede de la agricultura ecológica, pero ha viajado miles de kilómetros para llegar hasta mi cocina y con ello he consumido 1,5 toneladas de CO2.

Desde que somos conscientes de esto, hemos dejado de comprar alimentos procedentes de países lejanos, pasando a elegir los que están dentro de Europa o equidistantes. Esto es una de las grandes renuncias que hemos hecho, puesto que nos encantan las frutas tropicales como la piña o el mango, etc. Pero hay opciones. En vez del mango, está el kaki, y además, hay mango proveniente de Malaga de temporada. Elegimos el aguacate de Murcia en vez del que viene de Perú, los kiwis de Francia y no los que vienen de Nueva Zelanda, etc


- El cambio que parece más difícil ha sido reducir al máximo el consumo de carne y lácteos. No éramos conscientes de a catástrofe climática provocada por la industria ganadera hasta que ocurrieron los incendios del Amazonas, este verano. Resulta que la industria ganadera es la que más provoca el efecto invernadero en el mundo. El problema no está en la producción de CO2, sino que en el metano generado principalmente por las vacas.

El sector ganadero genera el 65 por ciento del oxido nitroso de origen humano, que tiene 296 veces el Potencial de Calentamiento Global del CO2. La mayor parte de este gas procede del estiércol. Y también es responsable del 37 por ciento de todo el metano producido por la actividad humana (23 más veces más perjudicial que el CO2), que se origina en su mayor parte en el sistema digestivo de los rumiantes,”. Leer más aquí.


A parte de los gases generados, la industria ganadera requiere muchísima agua para la producción de lácteos, productos carnícolas y sus derivados, así como la mantención de la misma industria. El desastre de los incendios del Amazonas, está provocado por el hombre para deforestar la selva a cambio de crear campos aptos para la ganadería.

Dejar de comer carne y reducir el consumo de lácteos, debo deciros, ha sido paulatino. Primero dejamos de consumir carne roja, luego pollo y al día de hoy ya no consumimos nada de carne, excepto jamón de pavo (solo) natural y fuet, que son los dos únicos productos derivados de la carne que seguimos comprando de madera moderada. No significa que seamos vegetarianos, puesto que si nos invitan a comer y nos dan carne, nosotros no la rechazamos. Pero de puertas a dentro, no la consumimos.

Con los productos lácteos es parecido, aunque la leche de vaca sigue estando muy presente en casa (escogemos eso sí, leche fresca de vaca de libre pastoreo) y se utiliza sólo para el café, o algún vaso de leche, estamos en el intento de eliminarla por completo. Aún nos quedan muchas cosas por hacer! Lo mismo con los quesos, cada vez están menos presentes en casa, aunque yo soy una amante de los quesos y es una de las cosas que más me costaría renunciar.


Con todo, no significa dejarlo por completo (aunque hacerse vegano es la opción mas sostenible y sacrificada que existe). Pero nos podemos alegrar de hacer el esfuerzo por reducir lo máximo, revisar los orígenes y la manera en que están producidas las cosas.


Lo importante de todo esto es elegir calidad. Las tiendas pequeñas que con esfuerzo traen lo mejor del mercado, lo que está hecho de manera más sostenible, con más cuidado, con respeto (si cabe decirlo) a los animales. Las tiendas de tradición, las que producen localmente.

- El ultimo cambio que hemos introducido es la utilización de programas ECO. Empecé primero con el lavavajillas. Me costaba creer que un programa que dura 4 horas fuera más “eco” que otro que dura un tercio menos. Pero resulta que sí lo es. Porque utiliza muchísimos recursos (agua y luz) para tener el mismo resultado en menos tiempo. Lo mismo con el agua de la ducha, la lavadora etc…

Ha sido todo un paso tras otro. De una manera muy natural. No sin esfuerzo, porque como os contaba, iniciar el cambio significa salir de la zona de confort, decir que no, ser autocríticos y reflexivos. Y cuando esto se ha conseguido, empiezan a cobrar mucha más importancia las experiencias. Las personas, las conversaciones, los paseos, la naturaleza, la música, las historias, los desayunos o las meriendas con amigos en casa. Empieza a importar el espacio, el tiempo. Nos entra un sabor a paz directo en el alma que nos pide volcarnos hacia dentro, conocernos más. Y volcarnos hacia fuera, para conectarnos con lo que nos rodea. Lo que realemente importa.


Por otro lado, la disminución del consumo en general, como os he hablado, repercute positivamente en las economías familiares, de manera real. Si hiciéramos una tabla de números con los gastos de la cantidad de cosas innecesarias que compramos y lo comparáramos con las cosas que realmente son necesarias (aunque sean más costosas) no nos creeríamos lo que estaríamos ahorrando. Desde que nosotros hemos apreciado ese descenso de gastos, hemos empezado a invertir el dinero en otras cosas (hablo de invertir en vez de gastar): un concierto, una cena de calidad con amigos, idas al teatro o al cine. Una escapada a las montañas o al mar, una sesión de yoga al aire libre, un retiro espiritual, clases de danza, o de cocina, de música, de surf... Esos pequeños caprichos que sin ser excesos nos recuerdan que somos humanos y que podemos darnos placeres. El placer con un orden, un tiempo, un espacio y una intención (y conectado con el espíritu)  se disfruta mucho más.


Es difícil empezar especialmente por la fiebre de consumismo que vivimos el día de hoy y que parece que las redes sociales lo han aumentado los últimos años. Pero por otro lado, siento que las mismas redes sociales pueden ayudarnos a difundir. No es casualidad que estamos viviendo aquí y ahora, en este siglo, con estas herramientas.


Desde el momento en que nos hacemos padres y creamos un eslabón más en la historia de la humanidad y del mundo, estamos llamados también a ser responsables no solo con nuestros propios hijos, sino que con los hijos de todos. A ellos debemos dejarles un legado, un planeta limpio para que puedan seguir construyendo la historia, nuestra única historia.


Buscad lo que basta, y no queráis más. Lo demás es agobio, no alivio. Apesadumbra, no levanta”. San Agustin.


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