• Loreto B. Gala

De Madre a Hija

Actualizado: 11 de dic de 2019


Había estado dándole vueltas a este gran tema hace varios meses. Desde hace dos años, la primera vez que noté que el cuerpo de mi hija mayor cambiaba,  que estoy preparándome para ese momento tan crucial en la vida de todas las mujeres. TODAS, porque no hay ninguna que no le pase nunca. 

La primera vez que fui al pediatra y me habló del “botón mamario” fue como si hubieran diagnosticado a mi hija de una especie de enfermedad. “No estoy preparada para esto”, me acuerdo que le dije (ahora, con vergüenza). Es cierto, no estaba yo preparada para tener una hija mayor, la quería para mí siempre pequeñita. 

Durante dos años he estado averiguándome la mejor manera de recibir la pubertad, los cambios corporales y sobre todo, cómo hablar con ella del tema de la “regla”. Aquello que nos ocurre a todas por primera vez, todos los meses durante cuatro décadas y que sin embargo sigue teniendo el carácter de “secreto”.

“Tienes que hablarlo antes de que se te adelante otra persona”. Me decían las profesoras. Pero para mi, era como hablarle de la Teoría de la Gravedad a una niña de cinco años. "No me va a entender", pensaba. Sentía que estaba adelantándome a los acontecimientos. 

He estado dos años aguantando esta conversación hasta que un día, ella misma, me pidió hablar. Al final, son nuestros hijos los que van marcando las etapas. Ellos saben cuándo pueden y cuando es el momento.  


Una gran amiga mía había comprado un libro llamado “Mia se hace mayor”. Lo había leído con su hija, de la misma edad que mi hija, y de esta manera le quedó todo claro. El libro me pareció perfecto. La manera cómo estaba escrita, con delicadeza y con un lenguaje propio para ellas. Las ilustraciones, todo, me parecía muy adecuado. Era una herramienta perfecta para esa conversación tan esperada. 

Esa misma noche, mi hija y su amiga durmieron juntas. Y por supuesto, la amiga le habló de la “regla”. Una compañera suya ya la había tenido, estando en quinto de primaria. 

Mi hija, que es muy precavida, se hizo la desentendida y no preguntó más. Pero se imaginó algo horrendo. 


Al día siguiente se me acercó y como siempre hace, cerró la puerta de mi cuarto, y me pidió hablar a solas. Quería que le contara sobre la regla.

Le dije que me esperara unos días, que quería contárselo de una manera especial. Necesitaba un tiempo a solas con ella y para eso teníamos que encontrarlo.


Durante cinco días le di vueltas y más vueltas. Mi madre nunca me habló de "estas cosas”. Así que busqué mi niña interior y la niña que es mi hija, de qué manera a ella le gustaría saber qué es la famosa regla. El libro que me había dejado mi amiga estaba muy bien. Pero no quería dejarlo todo en manos de un libro. Para mí la regla es mucho más que un acontecimiento que marca el inicio de la pubertad. Para mi, había algo profundamente trascendental de lo que no se habla. Ni en medicina, ni en las familias, ni siquiera entre las amigas. Quería darle a ella ese regalo: hablar sobre la menstruación con toda su trascendencia. 


Fue un día antes de dormir. Ella me esperaba en su habitación, había dejado una almohada para mi y otra para ella. Yo tenía el libro "Mia se hace mayor" para que me sirviera de apoyo. Nos metimos las dos dentro de su cama, le dije que estaba muy contenta de poder estar con ella a solas y que me parecía un momento precioso poder contarle a ella algo increíble que nos pasa a todas las mujeres.


Como muchos sabéis, yo soy creyente y en todos los acontecimientos encuentro la mano de Dios delicadamente detrás. Así que empecé diciéndole que Dios nos había creado de una manera perfecta, como todo en la naturaleza. El mensaje de mis palabras no era otro que encontrar la belleza en la menstruación, ya que en sí, no es un acontecimiento precisamente bonito. Pero la naturaleza es sabia, perfecta y misteriosa. La menstruación así lo es también.

“Nos ha hecho diferentes.” Empecé explicándole sobre el cuerpo. A las mujeres nos crece el pecho -a algunas mas que a otras- todas hemos sido hechas de una manera especial y tenemos un cuerpo hecho especialmente para cada una. No hay un cuerpo idéntico a otro…


Hasta aquí, me parecía que la introducción era sutil. Quería empezar con lo más básico. “Lo mismo les pasa a los hombres. Se les ensancha la espalda (a unos mas, a otros menos), la voz se hace más gruesa, le salen pelos en la cara…” Aquí pensé que sería bueno enlazar esto con las mujeres.

“A nosotras también nos crece pelo, te habrás dado cuenta”. Las dos nos reímos porque esto de los pelos siempre hace gracia. Ella lo había notado en si misma ya y había estado observando a sus primas mayores. “Y por qué crecen pelos” (sabía que me preguntaría esto) Le dije que era para cubrir las zonas más delicadas. Que hay mujeres que se los quitan y otras no. Pero que todo tiene su tiempo y que cuando a ella le salgan, veremos las maneras que hay para disimularlo, si es que le llegan a molestar.


Me di cuenta que no tenia que saberlo todo en una sola noche. Ambas sabíamos que esta conversación sería la primera de muchas. 


Empezamos a leer el libro. El dolor de pecho y el cambio que experimentaba. Hablamos de usar un top. Esto para ella le provocaba mucha ansiedad. Aún ella se ve muy pequeña para usar un top y yo la tranquilicé diciéndole que todavía quedaba tiempo para eso y que cuando llegaría el momento ella misma se sentiría aliviada de tenerlo. 

Le dije varias veces que no nos adelantáramos. Que la pubertad es un proceso que dura varios años. Ella tendría quince o incluso dieciséis. Esto le parecía muy lejano y le bajaba la ansiedad.





Pero mamá… ¿qué es la regla?

Era lo que ella más quería oír. 

Cogí el libro otra vez y le enseñé la ilustración de los órganos internos femeninos. Le expliqué cada una de las partes (el libro facilita mucho explicarlo). Me parecía importante que se pudiera conocer cómo es ella por dentro. Le conté también que todo esto está dentro de cada niña, desde antes de nacer. Solo que esos ovarios “está dormidos”. Dentro de los ovarios hay cientos de miles de células pequeñitas que se llaman “óvulos”, “tan pequeñitas que solo se ven con el microscopio"

Me pareció oportuno preguntarle qué es lo que ella se imaginaba qué pasaba. Me dijo que si esas eran las pepitas que se necesitaba para tener un bebé. Le dije que sí. Me encantaba ir viendo en ella ese “algo” que le va diciendo cómo son las cosas, aunque no lo sepa mucho… ese algo que llamo “intuición”. 

Ahora venia la parte más compleja del asunto. A mi no me explicaron qué era la sangre que una expulsaba todos los meses. Lo estudié de lejos en el colegio y lo entendí mejor de muy muy mayor. Y no miento si digo que lo entendí completamente con mi primer aborto. Hasta ahora, entendía el sangramiento, pero no lo había hecho consciente. Sabía que ella tampoco lo entendería al pie de la letra y que todo lo que le contaba esa noche acabaría retenido en su cerebro de manera parcial. Pero al menos quería hacerle ver todo el proceso biológico, aunque aún no haya tenido biología, de una manera natural y sin tapujos. 

Le conté entonces, que esas pepitas están dormidas en su “casa” que es el ovario. Y que una vez al mes salen al encuentro de otra célula para poder crear a un bebé. Esa otra célula es la que tienen los hombres -preferí no darle el nombre ni más detalles, para dejar este tema para otra ocasión-. Cuando se encuentran, se forma un bebé. 

El cuerpo de las mujeres se prepara para recibir a ese bebé. Es como si empezara a construir una casa para él. Pero si no ha habido un encuentro de las dos “pepitas", todo eso que se había preparado, ha de salir del cuerpo, y sale en forma de sangre. Porque dentro del cuerpo tenemos mucha, mucha sangre. 

Los ojos de mi hija estaban muy grandes, más de lo que ya los tiene. 

Para tranquilizarla, le dije con mucha naturalidad que esto pasa todos los meses y es lo que solemos llamar “regla”. Le dije, además, que al principio no es sangre, sino que un manchado de color marrón. Que poco a poco, en la medida en la que se vaya haciendo mayor, irá cambiando el aspecto. 

"Pero no nos adelantemos”- para mí era importante no adelantar información y darle tiempo al tiempo. “Iremos juntas viendo todos los cambios”. 

Aún te falta mucho tiempo para que esto ocurra. Aún tiene que salir pelos, tienes que crecer de tamaño, que salgan granos (aquí risas, por supuesto) etc… Te van a ir pasando cosas que nos pasa a TODAS. Me pasó a mi también, le pasó a la abuela, le pasará a tus hermanas… Todas las mujeres estamos unidas por este acontecimiento tan importante. 

Le dije que me daba un poco de pena ver que se habla sobre la regla con mucho secretísimo, como si tener la menstruación fuera algo indeseado. Cuando precisamente, es lo más maravilloso que puede tener una mujer, porque es lo que le permitirá tener un hijo.

“O sea, sin la regla no existiría la humanidad”.

Me dejó boquiabierta. Había llegado al fondo de todo. Qué más daba explicarle los nombres científicos o los procesos biológicos. Ella había entendido la importancia, la trascendencia y la maravilla de la menstruación.

Porque aquello que nosotras hablamos en secreto, bajo las sábanas, a escondidas de los hombres y con cierta vergüenza, es precisamente lo más grande que reside en nuestro interior. Las mujeres estamos unidas por la menstruación, es lo que tenemos en común. Por los ciclos, el dolor, el sangramiento, las afecciones. Todo ocurre mes a mes, de la manera más natural. Y es importante que lo veamos así, con esa naturalidad. Y por eso mismo, es importante que deje de ser un tema tabú. No debemos sentir vergüenza, al contrario. Nos da ese poder maravilloso de ser madre, de continuar con la humanidad. 

La menstruación nos impregna de femineidad y transformación. La mujer estamos continuamente transformándonos gracias a los ciclos menstruales. 

La menstruación nos enseña a anidar, cobijar, preparar, proteger.


No sé si mis hijas querrán tener hijos o no. Y aunque lo quieran, tampoco sé si biológicamente podrán tenerlos. Pero sí sé que serán siempre capaces de recibir, acoger y proteger a los que más quieren. Serán capaces de transformarse y transformar a los demás. Porque la biología y la mentalidad de la mujer están hechas para eso.


Le volví a decir que juntas iremos descubriendo sus cambios, que me enorgullecía ver cómo mi pequeña se iba haciendo mujercita, una mujercita llena de valores y con un corazón de oro. 


“Gracias mamá”. “Te quiero mamá”. “Gracias por contarme todo esto”. 

Creo que me dio cinco veces las gracias. 

No se le borraba la sonrisa de la cara. Estaba emocionada y aliviada. Había descubierto aquel “secreto” de la famosa regla. No era tan horroroso como ella se lo imaginaba. Y aún quedaba tiempo para eso, poco a poco se iría acercando ese momento, luego de una serie de cambios que ella irá experimentando, conmigo a su lado. 


“Buenas noches, mi amor”, le dije. “Ah, te voy a pedir una cosa… No todas las niñas de tu clase ni de tu edad saben sobre la regla. Es mejor que te lo guardes para ti misma. El día que llegue podrás compartirlo con quien quieras”.


Estaba consciente que mis deseos de cambiar las cosas no se hacen de la noche a la mañana. Probablemente, será la generación de las hijas de mis hijas la que no hablará la menstruación con secretísimo. Pero al menos, quisiera abrir una pequeña puerta en esa dirección.


Y por eso escribo esto.  Porque me gustaría iniciar un cambio. En nuestro lenguaje, en nuestro comportamiento y en nuestros sentimientos. No es un cambio porque nosotras hayamos cambiado, porque todas nosotras sabemos la importancia de la regla en nuestras vidas. Y también sabemos la importancia de la ausencia de ella. Lo que debemos cambiar es el concepto negativo que se tiene acerca de eso. No hay que sentir vergüenza. Ni hacerlo secreto. Los hombres, que viven con mujeres, deben entenderlo también y verlo con la misma naturalidad. Entendernos más, acompañarnos en estos ciclos, no quedarse en la distancia, sino que verlo con delicadeza y respeto. Porque duele, es incómodo, bochornoso, y los ciclos nos hacen cambiar nuestros estados de ánimo, sin poder controlarlo por mucho que lo queramos. Sentirnos acompañadas por ellos desde el cariño y el respeto, en vez del clásico “te va a venir la regla”cuando una está más irritable.

No debemos dejar que sea tabú. Nuestras hijas deben sentirse cómodas hablando de sobre la menstruación y los ciclos, con respeto hacia el propio cuerpo y el cuerpo de las demás mujeres. Es importante el autoconocimiento y poder expresarlo porque así podremos atajar problemas y hasta patologías relacionadas con este aspecto. 

Es muy reciente que se ha reconocido el "síndrome pre-menstrual" por ejemplo, como un trastorno disfórico de la mujer y que tiene tratamiento. El autoconocimiento nos lleva a saber si el dolor es habitual o si hay otros trastornos, desde pólipos, varices, quistes hasta endometriosis, entre otras cosas. Debemos enseñar a nuestras hijas a saber reconocer signos y síntomas, cómo las fases del ciclo están relacionadas con el ánimo y la afectividad, etc.

Sé que no voy a hacer el cambio de mentalidad en nuestra sociedad, aunque en otras culturas el tema de la primera menstruación se vive de otra manera. Pero sí creo que podemos hacer algo. Este cambio se hace en el momento en que hablamos por primer vez sobre la pubertad con ellas. La manera en cómo les contamos. Lo que transmitimos.

De madre a hija. 

De mujer a mujer. 



Consejos para hablar de madre a hija sobre temas delicados.


Es importante que exista un ambiente que propicie la conversación. Que sea recogido, en un momento que no vayan a haber interrupciones. Nuestras hijas deben sentir que ese momento es solo de las dos.


Mencionar historias de nosotras cuando fuimos niñas. Saber que nos pasó algo similar les reduce la ansiedad y normaliza la situación.


Hablar con naturalidad y cariño, sin salirse del rol de madre. No somos una amiga, somos una mamá comprensiva, que recoge lo que nuestra hija nos cuenta y lo deposita con cariño en un "lugar de secretos".

Cuando vemos que le cuesta hablar o contar algo por tristeza o vergüenza, decirle que haga lo que haga, pase lo que pase, nuestro amor es incondicional y que lo más importante es que ella ha acudido a ti para contártelo.


A la hora de darle un consejo, hacerle ver que mamá también se puede equivocar, porque no lo sabemos todo, pero que queremos lo mejor para ella.


Siempre agradecer la confianza, enseñarle lo contenta que estás por haber tenido esa conversación a solas con ella y que siempre estás a la espera de más conversaciones así.

Preguntar si ella cree que tú le has entendido, si se ha sentido comprendida y si es que has podido ayudar o aliviar lo que le está pasando.

Muchas veces no tenemos respuestas ni consejos para todo. Es mejor oír y decir que no sabes en ese momento pero que te de tiempo para pensarlo. Les alegra y alivia saber que vas a estar pendiente de su problema y que no dices cosas sin pensar. Volver a hablar pronto para que ella sepa que su problema te importa.


Acabar con un gracias y un te quiero.

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