• Loreto B. Gala

Los pedales de mi espera.

Actualizado: 31 de jul de 2019



"La vida es como andar en bicicleta: si no quieres caer, has de seguir pedaleando".

Nunca pensé que me podría pasar. Por dos razones: porque soy como un reloj y porque no habíamos tenido ocasión para equivocarnos. Pero pasó. A pesar de todo el estrés que nos daba la situación “sin hogar” que enfrentábamos, los viajes de un lado a otro, el trabajo de por medio, las niñas, las obras de la casa y toda la incertidumbre que teníamos encima, de dos ocasiones en un mes, me quedé embarazada. O al menos eso decía el predictor. Y la ecografía y los análisis de sangre.

Me tardé en hacer el test de embarazo porque me esperaba de todo menos un positivo. No era posible. Al menos, en mis cálculos, no era humanamente posible. Toda mi vida he tenido un ciclo regular y siempre he ovulado solo una vez. Lo sé, porque con los embarazos (y los años) me he llenado de varices. Y el fuerte dolor de ovarios durante la ovulación me pone en alerta: dura exactamente los días fértiles. De esta forma, con métodos plenamente naturales, hemos podido planificar nuestra familia.

Un cuarto hijo ha estado siempre dentro de mis planes, en mi vida más soñada. Pero sin el “consentimiento” del padre, no lo iría a buscar yo sola.

Pero ese mes de septiembre, con toda la que nos caía encima, viviendo en dos habitaciones alquiladas, la casa sin fecha de término, el trabajo (me habían puesto de gerente de marketing), la hipoteca que empezaba a correr, pasó lo que nunca creí que me podría pasar.

“A no ser que la ciencia se equivoque.”

Me dieron hora para una semana después de saber el positivo del test. Siete días que me parecían nunca acabar. No podía más de la ilusión. Estaría en la semana 7 y ya podríamos oír el corazón, como con las otras niñas. Mi marido había reaccionado muy bien. Había recibido la noticia en shock, pero reaccionado con mucho amor. Yo sentía todo su amor. Y los dos ya hablábamos de la siguiente niña. El nombre, casi decidido. Planes de tener un coche más grande. De que las niñas compartirían dos habitaciones... no les decíamos nada, pero la ilusión se podía respirar desde muy lejos.

Luego vino una fuerza interior. Una alegría que me encendía como un motor y me sentía capaz de todo.

Empezaron las primeras molestias: cansancio... pero ni tan cansada tampoco, era tanta mi felicidad como para “caer rendida” antes de ir dormir, como me había pasado con las demás.

Un poquito de náuseas, pero tampoco tantas. Acostumbrada a pasarme todo el primer trimestre encima de la taza del water, devolviendo todo lo que comía y no comía.

Pero lo más extraño era que no me dolían los pechos. Estaban como siempre.

Empecé a sospechar. Esto no marchaba como debería. "Será un niño", queríamos pensar.

Pero empecé a no dormir. Me pasaba casi toda la noche en alerta, sin pegar ojo. Acostumbrada a tener ese cansancio profundo que me tumbaba, en los otros embarazos. “Quizás es el típico insomnio de embarazo” me decía mi marido. Pero a mi eso no me cuadraba.

Me sentía embarazada del aire. Como si dentro mío fuera hueco. Siempre he podido visualizar mis embarazos y con este, sin embargo, veía mi interior como un nido sin pajarito. Como una burbuja rellena de aire.

Llegó el día de la primera ecografía. Pedí a las Hermanas Lucía y Rosa María que rezaran por este bebé.

Las niñas por supuesto no sabían nada. Pero precisamente esas semanas, esos días, venían diciéndonos que quería otra hermanita. Venían pidiendo un bebé más. El último, aunque fuera.

Por razones de distancias cambié de médico por otro que no había conocido antes. La consulta, todo, era nuevo. Nos hicieron esperar casi una hora.

¿Porqué siempre la espera? Para todo, hasta para esto, había que esperar tanto.

Me hicieron pasar, quitarme la ropa y esperar sentada en la silla. Vino el médico y primero hizo una citología, que ya me tocaba. Luego, llamó a mi marido para ver al bebé que ya se estaba formando.

Entre tanto, me imaginaba el momento de los latidos del corazón. Ese motorcito galopante que te dice “aquí estoy mamá”.

La alegría volvía a inundarme y con ello, las lágrimas.

Se vio dibujado todo perfectamente en la ecografía. La burbuja de aire que yo imaginaba. Un círculo perfecto en mi interior. Sin más. Un círculo relleno de oscuridad.

“No hay embrión”. Le dije.

“Aquí se ve el saco gestacional. Pero el tamaño de la vesícula, no corresponde a la semana de embarazo y por eso es difícil ver más. Esto debe ser de hace muy poco.”.

Era cierto. De las dos ocasiones que tuvimos en el mes, la última había sido hacía muy poco. Tres semanas precisamente.

“Hay que esperar. Volved en dos semanas más”.

No sabíamos si reír o llorar. ¿Otra vez esperar....? ¿No bastaba la espera de nuestra casa, que ya se estaba alargando más de la cuenta y que enfrentábamos con paciencia? Esperar, ¿a qué? A que este embarazo fuera de una inesperada segunda ovulación o que simplemente el embrión no se habría desarrollado y acabaría todo en un aborto espontáneo.

Solo esperando sabríamos que estaría pasando. Dos semanas me parecía una eternidad. Incluso más largo que la espera de nuestra nueva casa.

Se trataba de saber si íbamos a traer al mundo otro hijo o no. Si es que dentro mío había un bebé en formación o no.

“Has de tomar el ácido fólico igualmente”.

Reaccioné con una sonrisa muy grande. Si no sonreía me pondría a llorar y eso no arreglaba las cosas.

Le agradecí todo al doctor. Y nos fuimos callados. Pedimos hora igualmente, yo sabiendo que no llegaría a cogerla. No fui capaz de comprar el ácido fólico. No quería llenarme de ilusión otra vez.

Llegamos a casa y las Hermanas Lucia y Rosa María nos esperaban sonrientes junto a las niñas. Yo seguía sonriendo. Pero les negaba con la cabeza. Ellas seguían sonriendo pero con la mirada me acompañaban en mi tristeza. No querían que las niñas se enteraran. Todo tenía que verse “normal”.

Dormí esa noche sin poder desprender ni una sola lágrima.

Al día siguiente, por primera vez en la oficina tuve los deseos terribles de vomitar. Me sentía embarazadísima. Pero parecía que no lo estaba. Qué era lo que estaba pasando? Estaría efectivamente embarazada y se vería después, como una especie de milagro?

Ese día me dejé llevar por esa ilusión. Y quise sentirme una mamá de cuatro.

Los días pasaban eternos. Me levantaba mirando si manchaba y me acostaba pensando en lo mismo. El trabajo me distraía mucho pero luego, las náuseas me recordaban que estaba a la espera de que quizás si. Quizás no... La sensación de no avanzar en nada. Ni en el embarazo, ni la casa. La sensación de estar suspendida en un enorme signo de interrogación y yo pedaleando sin parar, para que esto llegara a alguna parte. Al menos, hacer pasar los días más rápidos.

Pero por mucho que quería que fueran más rápido, era imposible. Vinieron en un ritmo exageradamente lento el martes, miércoles, jueves... ese jueves por la noche no aguanté más y lloré como una desconsolada. Tenía a las niñas en el coche, era de noche y me había perdido por nuestro nuevo barrio. Me sentía ausente, con la cabeza suspendida en un aire. No era capaz de pensar, ni de conducir más. Me había bloqueado. Las niñas con hambre, aún no habían cenado. Todas cansadas, a la espera de que el navegador me dijera cómo llegar a casa, pero se equivocaba una y otra vez. Me inundó la desesperación, que no era otra cosa que la desesperanza. Tuve que salir del coche y ponerme a llorar como una desconsolada. Tenia un llanto ahogado. No conseguía sacarlo de los pulmones. Ahí justamente me encontró mi marido que iba andando a casa. Mi llanto era solo frustración.

Llevábamos tres meses sin casa. De un lado a otro. Ahora viviendo en un lugar en el que no había nada nuestro, alquilando dos habitaciones supuestamente para tres semanas, pero las obras atrasadas. Nuestras cosas, las de las niñas, en un guarda muebles. Había llegado el frío de golpe y no tenía pijamas más abrigados para ellas. Ni secador de pelo. Ni zapatos cerrados...

Y aún había que esperar tanto.

Me había llenado de paciencia. Y ahora, esto otro: había que volver a esperar con una ilusión ahorcada. Hasta que mi cuerpo decidiera no alojar más esa burbuja de aire, que no acogía nada en su interior. O hasta que ese milagro de vida ocurriera.

Al día siguiente empezó todo. Una sangre muy fina, como si se hubieran roto unas venitas. Al principio no le di importancia porque no tenía dolor.

“Quizás solo es un poco de pérdidas, pero no un aborto”. Quizás ahora necesita “limpiarse de algo” para poder seguir creciendo, intentaba pensar. Pero en el fondo sabía que no. Que empezaba ese aborto que tenía que venir. Solo que yo lo viviría de otra manera, para suavizar las cosas. Porque no estoy en mi casa, ni tengo un lugar donde poder llorar. Mi cuerpo, mi mente no estaban emocionalmente preparados para decir adiós a la idea de tener otro bebé. Porque no teníamos un lugar propio para despedirnos.

Y así fue. 12 horas seguidas manchadas de una sangre que se iba haciendo más gruesa. Y mucho dolor.

Ese fin de semana la casa en la que alquilamos las habitaciones se llenaba de gente. Familias con hijos y luego actividades con las niñas. Mis hijas incluidas.

Y ahí tenía que estar yo. Fuerte para ellas. Para los demás. Para mi misma.

Por la noche acabé yendo a urgencias. Iba sola porque no quería compartir la pena con nadie. Las alegrías, si. Pero las penas, me las quedo yo. Dos chicas que esperaban en la sala estaban de 8 semanas, como yo. Las dos tenían pérdidas. Pero ninguna de las dos se había pasado casi 24 horas “perdiendo” sin parar. Aún así, yo seguía pensando en la idea del “milagro”, aquello que oyes de alguien que estuvo en mi lugar y que sin embargo, acabó teniendo un bebé precioso.

“Aquí no se ve nada”. Me dijo la doctora de turno sin ningún toque de humanidad. “Lo has expulsado todo. Así que como una regla normal: si tienes dolor, ibuprofeno.”.

Llegue a casa de unos amigos que habían estado acompañado a mi marido y a mis hijas. Yo estaba mal. Pero qué iba a hacer. Llorar no me devolvía la ilusión de tener un bebé. Así que volví a sonreír. A todo y a todos.

Un fin de semana desastroso. Donde no pude tumbarme y descansar. Donde los demás estaban por encima de mi tristeza y de mi dolor físico e interior. Había que seguir sonriendo. Y hacer ver que nada había pasado.

De alguna manera, ese duelo que podría haber estado sintiendo, era opacado por una sensación de “normalidad”. Intenté pensar que todo había sido como un mal sueño y que solo estaba teniendo una regla normal muy atrasada. Al principio verlo de esta manera me funcionó. Pero luego vino lo que no me imaginé que podría pasar y de lo que no me habían hablado: náuseas, dolor de vientre, hambre, cansancio. Mi cuerpo seguía actuando como si yo estuviese embarazada. Y con ello, mi sensación de estar empezando a perder el control de las cosas.

Fui a la revisión y me hicieron hacer una prueba de sangre: embarazo positivo. En mi cuerpo seguía funcionando la hormona gonadatropina. La mente “no había dado la orden de expulsión”. O... “hay un embarazo en otro lugar y no lo estamos viendo”. Para mi, esta paradoja me parecía al borde de la locura misma. Yo sabía lo que me pasaba. Psicológicamente, seguía aferrada a la idea del bebé. No había tenido mi espacio ni lugar para despedirme, para hacer un duelo. Si quiera para llorar. Llorar hace limpiar el dolor. Nos ayuda a expulsar los malos sentimientos. Nos hace descargar toda el peso que llevamos encima las mujeres: la responsabilidad, los momentos de flaqueza camuflados en entereza. Llorar nos alivia. Nos ayuda a cerrar heridas y etapas. Y yo no había derramado aún el llanto de un duelo. Sentía mi corazón todavía encogido.

Una vez más en revisión y una vez más prueba de sangre, la semana después. La beta nos diría si aquello que sentía eran síntomas de embarazo porque lo habría en alguna otra parte, o porque algo estaría fallando. Mi sensación de no entender nada era muy grande.

Ese mismo día, llegaba el camión de la mudanza. Tenía a mi marido y mi hija mayor en cama con gastroenteritis. Así que tenía que ir yo a la obra y hacerme cargo de todo.

Y allí estaba. No me salió otra cosa que ponerme firme y hablar seriamente a los obreros porque la casa seguía sin lavabos, sin materiales, sin nada de lo que nos venían diciendo hacia varías semanas que vendría. Y aun seguía igual. Me puse a dirigir la maniobra de la mudanza también. Y lo entendí todo. No estaba preparada para un embarazo. No hubiera sido capaz de estar allí, bajando cajas, cargando muebles, organizando espacios, dirigiendo a los industriales, tomando decisiones aunque fueran equivocadas. Tenía que estar de una sola pieza y encontrarme bien. Porque mi marido había reventado por medio de una gastroenteritis.

Toda la situación nos tenia a los dos al límite. Y yo tenía que estar entera.

Las cosas pasan por algo. No hay duda. Solo uno lo sabe cuando mira hacia atrás pasado un tiempo. Y cuando está dispuesto a aceptar la realidad que no podemos controlar.

La beta salió negativa. Y con ello se acabaron todos los síntomas. Con ello cerré el capítulo que ahora recuerdo como un mal sueño. No he podido llorar. Ni he podido pensar bien qué fue exactamente todo esto. Tengo recuerdos vagos de estar en cama retorciéndome de dolor. De haber ido a urgencias. De las sonrisas entristecidas de las Hermanas detrás de las caras de mis hijas, de la primera vez que sentí náuseas. Pero todo es como un mal sueño.

Sé que necesito primero mi nido. Mi lugar a solas. Cuando lo tenga todo preparado lloraré. Cerraré la pupa que he sentido. Lloraré también por todo lo que he ido reteniendo para intentar que no se note mi frustración.

Por ahora, pensar en volver a quedarme embarazada me da miedo. Siento que aquella puerta que se abrió hace unas semanas atrás, de ampliar la familia, como siempre he querido, se ha cerrado de golpe. Y no me atrevo a tocarla.

Espero que el tiempo cure heridas y me de otra oportunidad. El problema es ese... que el tiempo pasa y con ello las oportunidades decrecen. Y una ya no es tan jovencita, por mucho que lo aparente.

Al menos, pienso, tengo tres tesoros. Tres regalos. Tres milagros.

Al menos, creo, debo esperar a tener nuestra casa lista. Una vez dentro podré volver a empezar. Empezar a soñar Y quién sabe, si entre sueño y sueño, volvemos a tener un bebé en nuestros brazos.


Fotos: Lara Lopez Photography


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