• Loreto B. Gala

Nuestro pan de cada dia.

Actualizado: 11 de dic de 2019


Cuando vivía en casa con mi familia, acostumbrábamos a bendecir la mesa. Era una costumbre hecha un hábito diario. Cada uno a su manera y cada día alguien diferente, pero siempre había una bendición antes de comer. 

Cuando me fui a Alemania no llevé esta tradición conmigo. Por dos razones: primero porque en el país de a dónde fueres, haz lo que vieres. Y allí nadie se ponía a bendecir mesas. Y porque tampoco me apetecía que me vieran como una fanática religiosa o medio marciana, así que lo de bendecir antes de comer quedó muy guardado en el último cajón de mi mesita de noche... 

Luego de varios años, cuando ya vivíamos en Donostia, una amiga mía americana me invitó a su casa a comer. Meg y yo teníamos mucha afinidad, pero aún nos estábamos conociendo. Cuando nos sentamos a comer, ella en una punta de su mesa y yo en el otro extremo, me preguntó en su manera más amable, como siempre, si es que no me molestaba que bendijera la mesa. ¡Por supuesto que no! ¡Todo lo contrario! Le dije. Cerró los ojos y en su idioma y con su voz más dulce, dio gracias a Dios por ese día, por la comida que había podido preparar y por tenerme a mí a su lado para compartirla. 

Me cayeron unos lagrimones de cocodrilo... 

¿Cómo algo tan cotidiano para mí y tan simple podía llenarme de emoción? Meg me estaba enseñado algo. Ella, en su forma más sencilla y auténtica (como siempre lo ha sido) sin complejos algunos, vivía acorde a sus pensamientos y convicciones. Yo sabía que seguía a Surfistas Cristianos y que probablemente practicaría esta religión. Me dio un poco de vergüenza darme cuenta que yo había dejado de lado algo tan mío, por miedo al qué dirán.

Con el tiempo he ido madurando esta idea y llego a una conclusión: si piensan que soy medio marciana, pues que lo piensen, para eso el mundo está hecho tan variopinto.

Meg tuvo la delicadeza de preguntar, algo que quizás no se me hubiera ocurrido a mi. No es necesario ser practicante de ninguna fe, sólo basta preguntar "¿te importa si doy las gracias?"

“Bendecir” los alimentos antes de comer no es más que eso: dar las gracias. No es cuestión fe. Es cuestión de vivir en agradecimiento. 

Los japoneses, por ejemplo suelen decir antes de comer "ITADAKIMASU". Una palabra que lo dice todo: “voy a recibir, humildemente”. Y es que ellos agradecen el sentido de estar allí sentados frente a los alimentos. El formularse las preguntas: de dónde viene esta comida? e imaginarse sus respuestas: los agricultores que trabajan para cosechar la fruta y la verdura. Los pescadores que tienen que salir a la mar cada día... Los productos que llegan a la carnicería, a la verdulería o los panaderos que amasan el pan. Los cocineros que la preparan la comida con esmero y todas esas madres que salen a comprar día tras otro... Con una sola palabra dan las gracias por ese pequeño y gran milagro como es poder comer en ese momento. Vivir el presente, como un regalo. Y esto lo recibo, con humildad. 

ITADAKIMASU. 

Saber agradecer. Porque de una cosa sí estoy convencida: hay que vivir dando las gracias. El agradecimiento nos hace más libres. Porque nos enseña a apreciar las cosas más simples, las más pequeñas, las cotidianas. Y ver no sólo uno, sino que muchos sentidos en nuestro día a día. 

Bendecir la mesa  es agradecer por la comida que vamos a recibir, sonreír por estar juntos en familia o con nuestros amigos. O simplemente a solas... el gesto es el mismo. Agradecer este momento. ¿Cómo algo tan básico y rutinario y sin embargo es lo que me mantiene vivo, no lo voy a hacer más importante? Mi cuerpo se va a nutrir. ¿No es increíble pensar que la naturaleza está hecha para que nosotros podamos alimentarnos? 

Dar las gracias y no tener miedo a mostrarlo. Porque como ya sabéis, las cosas buenas también se contagian. Quizás pareceremos perros verdes cada vez que nos vean dando las gracias por comer en familia. Pero ¿no creéis que son alguna de las cosas que en la sociedad del consumismo aún puede rescatarse?  

Yo si. Y es más: quiero que mis hijas también sepan dar las gracias. Las cosas no llegan por inercia.

Mi amiga Meg probablemente no se acordará de mis lagrimones en su casa de San Sebastián (es verdad que además yo estaba embarazada y lo de llorar se me daba muy bien). Pero sé que sobretodo se alegrará cuando me lea. Desde Barcelona mando muchos besos, a San Diego. Y que sepas que hemos vuelto a bendecir nuestras mesas... 



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